Retrato de paz de un trozo de Nicaragua en Miami




Miami, Florida.- ¿De veras? ¿El original? ¿El verdadero? ¿Clodomiro anda aquí?, preguntaba la gente. Y ahí estaba el famoso Clodomiro El Ñajo, en Miami, cantando retazos de la canción natal, la de su acta de nacimiento, el único que puede darse el lujo de decir que vino al mundo envuelto de acordes y dio sus primeros pasos con aquella musiquita de la cual “se me olvidó la letra”.

Es poco lo que queda de Esteban Marcos Marenco: su nombre en el pasaporte, presentado por primera vez en la Oficina de Inmigración de los Estados Unidos. Y tampoco queda nada del Clodomiro de los festivos “zafarranchos de combate”, a veces caído en las graderías, desgañitándose con su grito insignia de ¡Viva el Bóer! Es el Clodomiro, original, como decía su público. Un nicaragüense que venció los demonios del guaro, las tentaciones de la alegre vida, y enderezó como todo buen nicaragüense la proa de su barco.

Esa paz de exportación

En la Feria de las Américas, Exponica, organizada por su Director Ejecutivo, Eduardo Arroyo, la tranquilidad que se respiraba tenía el mismo espesor y tamaño del ambiente de paz y estabilidad de nuestra Nicaragua, tanto que se podía pasar de los tramos del “Roberto Huembes” a los módulos y pabellones del Tamiami Park, sin sentir la diferencia de su gente.

Durante los tres días, a pesar de ser el festival que más aglutina a los compatriotas, la realidad que es maestra de la verdad, mostraba a una ciudadanía muy lejos de tomarse en serio las diatribas de las peroratas y editoriales de “fin de mundo”, de los ínfimos círculos de la derecha en Nicaragua.

La gente compraba ayote con dulce, nancites encurtidos, la variedad de quesos chontaleños, gofios, hamacas, o visitaba los estand del grupo Lafise para adquisición de inmuebles o seguros médicos; disfrutaba de los artistas como Los Mokuanes, estrenando su nuevo sonido y elenco, exhibiendo así, a través de estas escenas en los mismos Estados Unidos, que tan solo una semana después de las elecciones municipales, Nicaragua es uno de los países más estables de Hispanoamérica.

Tanto se volvió de agradable el ambiente en aquella prolongación del terruño nacional en La Florida, que Enrique y Roberto Zamora, líderes de Lafise, distribuían personalmente y con una sonrisa, artículos promocionales a los asistentes. Les debí decir: “nunca había visto a un dueño de mucho, darle algo a la gente”, y les hice una comparación entre la vieja guardia de los tiempos de Tutankamón y los que como ellos habían entrado al Siglo XXI, sin rencores ni malos hábitos de alcurnia.

Ellos estaban entusiasmados porque sus proyectos de inversión y los sociales como la entrega de laptos a los niños, van adelante en nuestro país. Se podía pulsar que Nicaragua ya no era la misma, que algo, o bastante, estaba cambiando: su paisaje político, su realidad económica, la democracia de fachada por una auténtica, que por ejemplo, altos cargos financieros, apartados de primitivos patrones, echaran mano de la nueva época. Y hasta el cielo… ¿Quién iba a pensar que el pueblo tendría un satélite niquiriche en el espacio?

La consagración de Clodomiro

En otro tipo de atmósfera, si Nicaragua estuviera en la órbita del Apocalipsis en que la ha presentado cierta oposición, Clodomiro no se hubiera consagrado en Miami, porque ningún estado de jolgorio es posible en medio del supuesto “luto” por la Democracia. Vestir la franela del equipo mimado de los managuas, el Bóer y ser aclamado con júbilo, dista mucho del “pueblo frustrado y burlado” de los informes de organismos de “verdades” no tan transparentes.

A tono con los cambios, el Clodomiro no necesitaba de la “inspiración” del licor para demostrar con todas las ganas, su nuevo papel y su agradecimiento a Dios, de haberlo apartado de los desórdenes del vicio.

“Llevo cuatro años sin probar licor, pero la opinión está dividida: 40% quiere que siga bebiendo y 40 % que no; pero yo no lo haré, y estoy bien así, no le daré gusto al diablo, esto es una bendición, la gente me quiere, me estima”, dijo un entusiasmado Clodomiro a quien siempre se le vio con jóvenes, veteranos y padres que llevaban a sus hijos a presentárselo, tomarse fotos y darse efusivos apretones de mano y abrazos, como si con ese acto también tocaran la piel de nuestro país.

Los nicaragüenses tenían ahí un personaje viviente, para admirarlo, pero la estima no se quedaba guindada en una frase de cortesía, sino que era tan sentida como expresada materialmente. Eran las bendiciones por haber encontrado la clave de su nuevo compás. “Si no fuera por mi cambio, no estaría donde estoy”, nos dijo.

En letra viva

Cuando unos músicos, estilo Chicheros, sonaba temas nacionales recorriendo los pasillos de la feria, Clodomiro iba al frente, poniendo la letra viva de su ritmo a la banda, bailando, fusionándose con el sonido de los percusionistas y de los instrumentos de viento; él, nacido de uno de los retratos urbanos más emblemáticos de Carlos Mejía Godoy, estaba escribiendo su mejor página del pentagrama.

Si antes salió del país, fue rumbo a Costa Rica para ver a sus compatriotas, sin embargo, quizás por la cercanía, su presencia no causó más que algún saludo ocasional. En cambio, en Miami, resultó ser una estrella y como tal se comportó: el público le seguía, y él, devolvió con ganas el cariño.

Tal vez es el último personaje popular de Managua como la Marucha lo fue en el Estadio de Granada, o Peyeyeque en la vieja plaza de la capital, o el Santa Claus de la Avenida Roosevelt, Melico Maldonado; personajes que resumen a un pueblo, una historia, una época.

“Yo no quiero perder esto”, decía, moviendo sus brazos, tratando de descifrar él mismo este gran encuentro emotivo con el público, que seguramente ni él lo había soñado. Felicitado, bien querido, estaba convencido de que si ha continuado moviendo su biografía en las rocas, se hubiera ponchado para siempre, quedando literalmente tendido en el terreno.

Y esto fue lo que vimos y nunca antes miramos en las múltiples ediciones de la feria, lugar de concentración de compatriotas: la plena identificación de los nicaragüenses radicados en Miami, con un personaje que nacido de una canción, se volvió de carne y hueso, orquestando una vida tan afinada como la más sobresaliente melodía de la superación. Es la paz. Es la solidaridad. Es Clodomiro. ¿El original? ¿El verdadero? Es Nicaragua, pasando en limpio lo mejor de su primera Revolución.






Fuente: El PUeblo Presidente | Foto: Xavier Castro

Share on Google Plus

Comentarios