Terremoto despertó solidaridad mundial



Una de las más conmovedoras muestras de solidaridad internacional, tras el terremoto de Managua, quedó plasmada en las viejas páginas del diario La Nación, de Costa Rica, empresa que junto a la televisora Teletica organizó un telehablatón, que denominan la “Maratónica” y que logró recaudar en pocas horas más de 600 mil colones de la época y 40 mil libras en alimentos y medicinas.

La colecta, que arrancó a las 8 de la mañana del domingo 24 de diciembre de 1972, se convertiría en una cadena nacional de radio y televisión, y ya para el mediodía se había reunido una avalancha de ropa, calzado, alimentos, medicinas y otros enseres.

Se observaron entonces escenas conmovedoras como la de un niño, cuyo nombre no quedó registrado en el diario costarricense, que se personó con el juguete que “el Niño Dios” le había llevado a casa, y lo donó. Su ejemplo fue seguido por otros pequeños, que incluso entregaron sus alcancías, reportó La Nación.

En la vecina nación del sur no hubo quizá un alma que se quedara indiferente ante la desgracia nicaragüense. A la “Maratónica” se sumaron cientos de voluntarios, universitarios, amas de casa, cinco mil exploradores (boy scouts), políticos, funcionarios públicos, empresarios, sindicatos, maestros, religiosos y todo aquel que deseara ayudar.

Todas las radioemisoras ticas interrumpieron sus programaciones habituales para informar sin descanso, sobre la tragedia experimentada por los managuas.

Cinco vuelos repletos de víveres, leche, plasma y medicinas, así como dos unidades del Cuerpo de Bomberos de San José, arribaron a Nicaragua apenas horas después de la tragedia. También llegaron decenas de médicos, enfermeras y otros funcionarios de salubridad, que improvisaron consultorios en los jardines del derruido Hospital General El Retiro y en la ciudad de Jinotepe.

Esos mismos aviones regresaban al costarricense Aeropuerto Internacional “Juan Santamaría”, repletos de heridos graves, entre ellos muchos niños, que fueron atendidos en los hospitales del vecino país.

Ayuda hizo desaparecer las barreras

El drama nicaragüense también echó por el suelo las diferencias de pensamiento, y desde Cuba también llegaron médicos con medicinas, y casi simultáneamente el presidente socialista chileno, Salvador Allende, ordenó el envío de un avión con ayuda y personal especializado.

Además de botar enormes estructuras de adobe, taquezal y concreto, el sismo también derribó enemistades, reabriendo por primera vez desde la guerra de julio de 1969 las fronteras terrestres entre Honduras y El Salvador, a fin de dar paso a las caravanas de camiones que con ayuda se dirigían hacia Nicaragua.

Al Aeropuerto Las Mercedes (hoy “Augusto C. Sandino”) llegó ayuda de todas partes. Un millón de libras de alimentos fueron enviadas en las primeras horas por Estados Unidos a bordo de 24 aviones Hércules, que despegaron del Comando Sur, que entonces operaba desde la zona del Canal de Panamá.

De sur a norte, Centroamérica se transformó en una sola nación que se volcó en gestos de ayuda a Nicaragua. En El Salvador se cancelaron las fiestas de despedida de año de algunas empresas, para donar ese dinero a los damnificados, y tanto en la nación cuscatleca como en Honduras, Guatemala y Panamá, no cesaron las campañas solidarias.

Al igual que Costa Rica, el Gobierno panameño hizo lo propio decretando situación de emergencia en los hospitales del Niño, Santo Tomás y “José Domingo de Obaldía”, para atender a los heridos que arribaran en los aviones de la Fuerza Aérea y de la aerolínea comercial Copa, que habían partido con víveres.

La Folha de Sao Paulo, en su edición del día 26 de diciembre, reportó que los equipos de socorro continuaban llegando a la capital, procedentes de Venezuela, México, España y toda Centroamérica.

El auxilio tampoco entendió de idiomas y geografías. Desde Japón llegaron ropa y enseres, mientras Australia donaba 25 mil dólares de la época.

También en Brasil los gestos de solidaridad fueron infinitos. En Belo Horizonte, capital del Estado Minas Gerais, los nicaragüenses Armando y Julio César Arana recolectaban ayuda para su país y encabezaron una campaña organizada a través de la Asociación Cristiana de Mozos, mientras en Salvador de Bahía, en poco tiempo se recogían 600 kilos de ropa y medicamentos que fueron trasladados en aviones Hércules de la Fuerza Aérea Brasileña.

Las colectas de dinero se suscitaron en todos los Estados de Brasil y no solo eran organizadas por nicaragüenses que estudiaban o residían en esa nación sudamericana. En Sao Paulo, la propia esposa del Gobernador del Estado, Zilda Natel, destinó el Pabellón de la Bienal del Parque Ibirapuera, para la colecta por Managua.

“Solidaridad mundial con Nicaragua” tituló en portada una de las muchas notas publicadas en el diario El Universal, de México, que circuló el domingo 24 de diciembre de 1972, edición que brindaba detalles del “puente aéreo de auxilio ininterrumpido hacia Nicaragua” que ordenara el presidente azteca Luis Echeverría.

Hacia la medianoche del 23 de diciembre, ya habían salido desde la nación azteca nueve aviones con toneladas de alimentos, plasma sanguíneo, leche, agua, refrescos y mantas, los cuales trajeron, además, 164 personas, entre médicos, enfermeras, socorristas y algunos periodistas.

Ese día 23, el propio presidente Echeverría se encargó de supervisar el envío de la ayuda desde el hangar presidencial. “Estuvo allí desde el mediodía hasta después de las 16 horas. Volvió poco después y permaneció hasta cerca de la medianoche”, detalla El Universal.

En busca del paradero de sus familiares


Ese 23 de diciembre, en San Juan, Puerto Rico, la rutina sabatina y el optimismo de la Navidad también se vieron cortadas de tajo para otro nicaragüense, Rolando Cajina López, entonces de 21 años. La vida se le detuvo con las noticias que ofrecían los noticiarios matutinos de televisión sobre el cataclismo en Managua.

“Yo vivía con mi mamá, Estela López, también nicaragüense y obviamente nos desesperamos, no sabíamos cómo hacer para saber de toda la familia que habíamos dejado en Nicaragua”, recuerda.

Intentó con la ayuda de la Cónsul de Nicaragua, de nombre María Eugenia, conocer la suerte de tres hermanos y su padre que vivían en diversos barrios de la vieja Managua, así como de sus abuelos maternos, que residían en el barrio Sajonia, muy cerca del cine Darío, pero fue inútil.

Mientras el mundo celebraba la llegada de un año nuevo, Cajina logró llegar a Managua y recorrer su ruinosa y clausurada ciudad natal. “Estaba todo completamente cerrado, cercado, y se sentía el olor a los cuerpos en descomposición”. Salió de allí y se trasladó a Granada, donde le dieron albergue.

En Masaya encontró a su padre, Juan, caminando en una calle, quien le alivió con noticias de sus hermanos y abuelos: todos estaban refugiados en diversas ciudades, sin hogar, pero ilesos.

Nicas en el exterior vivieron horas de angustia


Al otro lado del Atlántico, aquel 23 de diciembre de 1972, la joven nicaragüense Mayra Rosses, quien estudiaba Ciencias Políticas y Económicas en una universidad de Madrid, aprovechaba las vacaciones de fin de año para visitar el pintoresco pueblo de Covadonga, en Asturias, España.

Ella vacacionaba junto a su hermana Jeaneth, también estudiante nicaragüense. “Cuando regresábamos a Gijón, nos quedamos en un pueblo llamado Cangas de Onís y estábamos ahí tomando café con una familia asturiana, cuando escuché el nombre de Nicaragua por la televisión. Pregunté qué pasaba y fue cuando me dijeron que acababa de haber un terremoto y que no había sobrevivientes, quedé horrorizada”, cuenta Rosses.

Muchas horas pasarían para que las hermanas Rosses volvieran a tener paz, pues a lo inmediato fue imposible establecer comunicación telefónica con sus padres Eduardo Rosses y Esperanza López, vecinos de la Colonia Maestro Gabriel. “No había comunicación, era horrible”, expresa sobre aquellos desesperantes momentos vividos 40 años atrás.

Sin conocer mayores detalles sobre el terremoto, las dos jóvenes salieron de inmediato hacia Salamanca, donde ya había nicaragüenses organizando comités de apoyo. “Eran filas enormes de gente española donando sangre, dinero, víveres y cosas. Toda la gente en España se volcó (hacia Nicaragua). Yo me quedé sorprendida de la reacción del pueblo de España”, expresa.

“Supimos de la familia hasta el día siguiente (domingo 24)”, cuenta Rosses.

Fue hasta las vacaciones del verano de 1973 cuando las hermanas Rosses lograron regresar a su tierra para abrazar nuevamente a sus padres, así como a su hermano Eduardo, su tía Bertha y a su abuelita Matilde. Fue un retorno agridulce. La Divina Pastora, donde se bachilleraron, ya no existía, pues el edificio de cuatro plantas donde estudiaron, cayó como castillo de naipes y desapareció como todo el centro de Managua. “Todo era desolación, todavía estaban los escombros, solo daban ganas de llorar”, recuerda Rosses.

Fuente:end.com.ni

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