Cuando los "piropos" se convierten en "acoso"

Silbidos, movimientos pélvicos, acercamientos, besos y miradas lascivas, ¿le suena? Si le suena es porque es mujer y si es mujer seguro alguna vez en su vida —muchas veces o a diario o semanal o cada vez que sale de su casa— ha escuchado esto: “¡Qué rica!”, “¿te acompaño?”, "¡qué rico culo!", “ighhh, sabrosa”. Cuidado se va a equivocar, lo anterior no es un piropo. Se llama acoso sexual callejero y en el país no hay legislación que lo sancione.


Existe aquí, en Japón, en España, en Chile y en Colombia, por mencionar algunos países. No es típico de nuestra cultura, ni de viejos o de adolescentes, sino del machismo.

Oh, baby, I want to touch”, le gritó un niño de unos nueve años a una colega suiza en Estelí. A otra, un adolescente la nalgueó cuando se dirigía a su casa. Ella solo pudo llorar. Caminar más rápido y llorar. “Me sentí abusada”, dijo. Dos días después de venir a Managua, a una antropóloga danesa le levantaron la falda en plena Plaza de las Victorias. A una última amiga —todas tenemos una historia que contar al respecto, seamos flacas, gordas, niñas, adolescentes o adultas— le tocaron un seno mientras caminaba a la venta, allá en el barrio Monseñor Lezcano. “No hice nada, sentí miedo. Solo les grité ‘imbéciles’”.

“Un día dije basta”, contó Noelia Gutiérrez, que está detrás del Observatorio Contra el Acoso Callejero Nicaragua, una comunidad en Facebook que busca sensibilizar sobre este mal y contribuir a desnaturalizarlo. “De repente te encontrás con que diez, veinte hombres en el día te dijeron lo que se les pasó por la cabeza o que te frotaron los genitales en el bus. Hasta un policía te puede decir cualquier cosa. No sabés qué hacer, nadie te habla de eso, te dicen que la calle es peligrosa, que hay que andar con cuidado, pero no te indican que te puede pasar esto”.

Con el Observatorio, Gutiérrez y otra estudiante más quieren que se visibilice este tipo de violencia y que las mujeres aprendan a denunciarlo. “Que la gente conozca el término, que conozca que el acecho, la masturbación pública y los mal llamados piropos son acoso callejero. Tenemos un hashtag que dice #NoMeEnamora porque la gente normalmente dice ‘la estaban enamorando’ y eso no es enamorar, es acosar”.

Naturalización

Milagros Romero, del Grupo de Mujeres Crecer, que ha trabajado el tema con jóvenes de El Viejo, anota que uno de los principales problemas es la naturalización del problema.

“A las mujeres desde chiquitas nos han enseñado que el acceso de los hombres a nuestro cuerpo es algo natural y el acoso callejero entra en eso. Los hombres tienen todo el derecho de usar la calle tan libremente que incluso pueden abusar de esa libertad, acosándonos o diciéndonos cualquier tipo de cosas. Como lo hacen de manera natural, no importa, nosotras nos lo tenemos que aguantar”, explicó Romero.

Según la feminista, las mujeres “están acostumbradas a esto y es muy difícil primero romper con el miedo, atreverte a decirle a un hombre o a un grupo de hombres ‘respetame’, porque implica sacar la voz y a las mujeres no nos han enseñado a sacar la voz. Es aprender a mirar a los ojos al agresor, y eso cuesta porque existe un riesgo real, puede que no te vayan a hacer nada pero te da miedo porque quien encarna ese poder en la calle son los hombres”.

Gabriela Montiel es antropóloga y feminista, y una de las acciones que ha emprendido contra el acoso sexual callejero es la denuncia. Si los acosadores son guardas de seguridad, se queja ante sus jefes; si es un grupo de trabajadores que ocupa su hora de almuerzo para acosar a las mujeres que pasan, entra al establecimiento y solicita hablar con el encargado.

“Lo que hemos estado haciendo es identificar acosadores que trabajan en determinados lugares, digamos negocios, y lo primero que se hace es entrar al lugar, hablar con la encargada y poner la queja”, dice Montiel.

El “piropo”

“¿Es una agresión algo aparentemente inofensivo como que te digan “hola, guapa”?”, se pregunta la feminista española June Fernández en Pikara Magazine, una revista con perspectiva de género. El problema, agrega, “es que no es un ‘hola, guapa’ aislado, sino que las mujeres, por el hecho de serlo, estamos expuestas a recibir ese tipo de comentarios de forma habitual, unido al riesgo de ser agredidas física y sexualmente en la calle, incluidos esos tocamientos tan habituales”.

Esa situación, “que definimos como violencia simbólica, nos hace sentirnos vulnerables, expuestas, nos recuerda que la calle aún no es nuestra. Que se trate de un bombardeo de piropos aparentemente inofensivos hace que nos acostumbremos a ignorarlos, a intentar que no nos afecten. Pero claro que nos afectan, y callárnoslo nos genera una impotencia y una rabia contenida que creo que hay que empezar a expresar”, escribió Fernández.

Hay quienes lo explican de otra forma: el piropo es una opinión que las mujeres no pedimos.

“Hay que decirles que no nos interesa su opinión. Yo no quiero convencer a nadie de nada, no me interesa el juicio que el patriarcado haga de mi persona, lo que yo quiero es que me dejen pasear tranquila por la calle”, sostiene por su parte Alicia Murillo, activista feminista y actriz, en un artículo publicado también en Pikara Magazine.

Según Gema Manzanares, miembro del colectivo feminista “Desde las Gafas Violetas”, en una situación de acoso callejero “en la que uno o varios hombres deciden opinar sobre tu cuerpo, se supone que debemos quedarnos calladas, pero cada vez más y más mujeres estamos negándonos a callar”.

Sin Acoso

En la actualidad, Noelia Gutiérrez está procesando los resultados de una encuesta realizada a 900 mujeres de Managua en la que se les preguntó sobre los tipos de acoso callejero del que han sido víctimas, cuántas veces al día lo son y en qué lugares. El informe será el primero de este tipo que se realiza en el país y estará concluido en abril próximo.

Otras organizaciones feministas nacionales sensibilizan sobre el tema en las redes sociales y a nivel mundial la iniciativa Hollaback sirve como plataforma para que las mujeres compartan sus testimonios.

Helena Rodemann creó la web www.sinacoso.org con el fin de recopilar historias y crear un espacio de solidaridad. Esta española explicó en una entrevista por correo electrónico que en la legislación de ese país no está tipificado el acoso sexual callejero y, por eso, se desconoce la cantidad de denuncias que hacen las mujeres.



Los talleres de autodefensa ayudan

Como en todo, la educación es fundamental para acabar con problemas relacionados con el machismo. Gema Manzanares, del colectivo feminista “Desde las Gafas Violetas”, sostuvo que “mientras se continúe justificando el acoso como parte de la cultura, llamándolo ‘piropo’, y se continúe enseñando a los niños a que les tiren besos a las chavalas que pasan por la calle, se continuará ignorando la voz de las mujeres que claramente estamos diciendo que no queremos seguir temiendo caminar por la calle”.

Desde el colectivo, realizan talleres de autocuido y autodefensa dirigidos a mujeres. En los de autodefensa, “identificamos las prácticas que funcionan mejor dentro de nuestra cotidianidad”.

“A veces no hacer nada, no reaccionar ante el acoso, también es autodefensa; y es tan válido como saber escapar de una persona que nos sujeta por la espalda. Es valorar lo que cada una puede hacer y saber identificar qué puedo hacer en cada situación. No es violencia, es respuesta activa ante la violencia. Es reacción”, reveló Manzanares. END

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